Críticas cine :: Conversaciones con mi jardinero

Pocos títulos de película son tan descriptivos como éste: Conversaciones con mi jardinero. En primer lugar, porque explica exactamente qué veremos durante la mayor parte del metraje; en segundo, porque nos pone, inconscientemente, en el lugar del no-jardinero, es decir, del pintor, que interpreta Daniel Auteuil y a través del cuál (básicamente) veremos la historia. Enfrente, un gran Jean-Pierre Darroussin, el jardinero en cuestión. Y al fondo, el tema que hace bascular la película: la amistad entre dos hombres.

Como si de una novela de Saramago se tratara, los personajes de Auteuil y Darroussin carecen de nombre, y se llamarán entre ellos por los respectivos apodos que se dan: Dupinceau (Del Pincel) y Dujardin (Del Jardín). El primero es un pintor que tras haberse dado a conocer en París, regresa a su pueblo natal en la Francia profunda para instalarse en la casa donde pasó su infancia.

El segundo es, será, el jardinero escogido para cuidar del terreno que rodea al edificio. A partir de ahí, el cuadro, con toques impresionistas, que cada uno dibuja de su vida para el otro. Conoceremos a un pintor a punto de divorciarse, que no acaba de llevarse bien con su familia y a quien sus conquistas no se toman muy en serio. El jardinero es un hombre tranquilo, con un mundo mucho más cerrado que pivota entorno su mujer y a una rutina estricta que el pintor no alcanza a comprender...

Conversaciones con mi jardinero

Conversaciones con mi jardinero es, en un noventa por ciento, Auteuil y Darroussin, puesto que el guión y todo lo demás es una sencilla autopista por donde dejar pasar a los dos tanques.

Valoración-7

Galería de Imágenes

  1. El pintor, feliz
  2. El jardinero, pensativo
  3. Clases de pintura en el Louvre
  4. Conversaciones

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