Darren Aronofsky es uno de esos directores que siempre me deja con un regusto extraño después de ver
sus películas. Cuando vi por primera vez
Pi, di gracias a que la vi en casa tranquilito sentado en mi sofá. Cuando vi
Requiem por un sueño, le llamé de todo, porque aunque me gustó mucho también me dejó un mal cuerpo terrible. Hoy he ido a ver
The Fountain, una de esas películas que cuando acaba y ves que el director es el guionista y el que se ha inventado la historia piensas: "Ah, vale, ahora lo entiendo".